jueves, 3 de diciembre de 2020

 


















Canto a la Libertad - Pablo Neruda

 

Que será de mi destino
atado hoy me encuentro
por cadenas.
Quiero ahondar en el océano
desembocar en su centro
de sirenas.
Sueño con sondear el fuego
cual pájaro remontarme
al cielo.
Quiero ser como el trigo
sentir al viento cantarme
su anhelo.

 

¡Oh libertad, libertad!
así como la cebolla
nos provocas lagrimear.

 

Dulce y altiva libertad
soberbia en cumbres altas
te encuentras aguardando
alguien temerario y osado
que se digne a conquistarte.

 

¡Oh! pero somos muy débiles
tememos y reculamos
ante tu silbido y tu nombre.
Tu mera y simple silueta
nos estremece de miedo.
¿Por qué?, nunca lo sabré
quizás ese gran enigma
se encuentre escondido
en las milenarias piedras
que reciben las caricias
de tu difuso torrente.
¡Oh libertad!

miércoles, 2 de diciembre de 2020





















Pandemia

Una presencia sutil y gigante, que ahora toma la forma de manos agitándose frente a la cámara.

O de silencio dulce, cuando una de nosotras cuenta su historia con la voz quebrada y las demás la sostienen haciendo la revolución más grande: escuchando cada palabra que sale de esa boca.

Y todo eso, sin interrumpir.

Este mundo loco, una vez más, nos da la mejor lección. Una dura lección que ninguna de nosotras podríamos haber pedido.

Si estás varada en este planeta, como nosotras, es mejor que lo sepas cuanto antes: Tú también estás haciendo un curso acelerado para cultivar la compasión.

Por el simple hecho de estar arrojada al sufrimiento propio y ajeno.

Porque alguna parte tuya se está esforzando por encontrar formas constructivas y compasivas de relacionarte con lo que duele, con lo que no puedes resolver, con la impotencia de no saber cómo ayudar lo suficiente. Con la fatiga de quedar agobiada, por momentos, ante tanta ola de emociones, noticias y desenlaces que exceden tus fuerzas.

Y con la gratitud de poder hacer al menos un poquito para aliviar o prevenir el sufrimiento 
de alguien.

Incluso si ese alguien eres tú misma.

 

Natalia Sarro

 


 


















Alguna vez, algo que me sucedió me partió el pecho y no lo hablé con nadie.

Alguna vez, me pasaron cosas que me rompieron el alma y no supe a quién pedirle ayuda, por miedo a que no me crean.

Alguna vez, sentí que lo que tenía para decir no era importante.

Pero un día hablé, fuerte, claro y con el corazón en la mano.

Un día, entendí que todos, absolutamente todos, tenemos derecho a poner en palabras todo eso que llevamos en el corazón.

Todos, absolutamente todos, tenemos derecho a cruzarnos con personas que sean una bufanda de abuela, tejida con amor, que te abriga justo cuando te empieza a doler la garganta, por no gritar a tiempo.

Y ya no duele.

Las palabras viajan y siempre existe alguien que las abraza.

Y siempre puedes decirle a alguien "yo estoy con vos".

A veces ser nido, a veces hornero.(*)

Nido de historias que buscan levantar vuelo, alas que por fin liberan el pasado para escribir nuevos destinos sin tanto peso.

CinWololo


(*) El hornero es un pájaro albañil que construye su nido de barro. Su casita tiene dos habitaciones.


La princesa que aprendió a llorar




Había una vez una princesa que vivía en un castillo de naipes. 

Disponía de miles de alcobas y cientos de salones, pasillos y dependencias para jugar. 

¡Cuidado, princesa, no pises el as de corazones!...

Se paseaba continuamente por sus dominios, yendo y viniendo, de aquí para allá, sin preocuparse en absoluto de nada más. Ella era solo movimiento. 

Así había vivido toda la vida y le parecía normal. Hasta que un día se levantó un viento fuerte. Muy fuerte. Super fuerte. Y su castillo inmenso se vino abajo.

Ella amaneció sentada sobre un montón de cartas. No sabía qué hacer.

Recogió el as de corazones, lo apretó contra su pecho y comenzó a llorar.